Una tras otra, tras otra, tras otra. Podríamos convencer al matriarcado y reconocernos como hijos, no como lo que somos, algo más próximo. No sabemos ni cuantos metros debemos sortear hasta el estallido; caemos desde nuestro nacimiento,

                                          pudimos conocernos en ese momento. 

Y mira, no somos los únicos. Mientras un haz se refleja en tu mejilla llena de vida, exponiendo, es tiempo de llegar. No quiero que termine, no quiero que suceda, aunque hay un premio mayor. Para aceptar sobrevivir al impacto estamos al tanto de volver a ser uno. Caer, fluir, ahí estamos, estancados en la vereda con conquista al mar.

Ser gotas.

Debo amar los días de lluvia.

No suelo poner cartas sobre la mesa,

(-t) que mejor sean caras.